Primeras páginas de Queremos que vuelvan

Primeras páginas de Queremos que vuelvan

Aquí puedes leer las primeras páginas de la novela Queremos que vuelvan.

 

Intro

 

Lucía volvió a detenerse en la Gran Vía por cuarta vez en apenas cincuenta metros. La firme decisión con la que había guiado sus pasos hasta allí había desaparecido. Ahora, le asaltaban las dudas, y los remordimientos empezaban a cuestionar su intrépida resolución de hace un par de horas.

Allí estaba ella, parada en medio de una de las grandes avenidas de Madrid, insignificante, con una maleta en cada mano, vestida con la austeridad que marcaba el difícil viaje que acaba de emprender —unas playeras desgastadas, unos vaqueros de hace un par de temporadas, un jersey negro de cuello vuelto y una gabardina beis descolorida—, sin maquillar y con su rubia melena recogida en una escueta coleta. Dos lagrimones recorrían su rostro, y los mocos amenazaban con asomar por su chata nariz.

Por fin, reemprendió su camino con la determinación que le había faltado en los últimos minutos. Y ya no paró hasta que llegó al interior de la boca del metro.

En el intercambiador de Avenida de América, comprobó que el autobús para Burgos no salía hasta dentro de una hora. Decidió gastarla en algún bar donde poder tomar algo reconfortante. Prefirió salir a alguno de los establecimientos situados fuera de la estación. No dedicó demasiado tiempo a la elección del local. Cualquiera servía para gastar sus últimos minutos en Madrid por una buena temporada. Lo que ella no sabía todavía era cómo iban a cambiar las cosas cuando regresase a la capital.

Esa mañana, mientras preparaba la fuga (seleccionando qué prendas salvar de la quema, decidiendo qué cosas eran realmente necesarias para su nueva vida y reuniendo toda la documentación de valor necesaria para empezar en otro lugar), la rabia que la dominaba le hacía pensar una y otra vez en la cara de estupor de Javier cuando regresase a casa y se diese cuenta de su ausencia. Ahora, sentada en aquella mesa, ese sentimiento volvió a azuzarla.

En esas estaba cuando se dio cuenta de que llevaba desde las once sin probar bocado. Fue hasta la barra y eligió por almuerzo un pincho de tortilla de un grosor que se le antojó desproporcionado. De nuevo en su silla, justo en el momento en que llevaba a la boca el primer trozo de comida, descubrió que su mesa se encontraba enfrente de la pantalla de televisión. Lo que vio le hizo tirar con estrépito el tenedor en el plato. Allí estaban ellos: Mario y Bruno. Su imagen aparecía en un primer plano. Debajo de sus fotos, un titular: Sigue la búsqueda de los jóvenes desaparecidos en Alcorcón. Una voz en off informaba de los escasos avances en el caso.

—Que se jodan —dijo Lucía lo suficientemente alto como para que se dieran la vuelta, asustados, el camarero y los clientes de las mesas cercanas.

—Perdone, señorita, ¿qué ha dicho? —le inquirió el barman, entre enfadado y estupefacto por lo que había oído.

—Que se jodan —volvió a repetir Lucía, aún más alto, sin mirarle a la cara, soltando toda la rabia que llevaba acumulada los últimos meses.


¡Queremos que vuelvan!

 

El regidor paseaba nervioso por el salón de los padres de Mario. Nada parecía estar a su gusto en esa casa. Tampoco le agradaban los actores del programa de hoy: los familiares de los dos chicos desaparecidos.

Les habían explicado varias veces cómo sería la entrevista, detallado de forma pormenorizada las posibles preguntas y orientado sobre las respuestas más adecuadas. Aun así, ni el regidor ni Lisandro las tenían todas consigo. El infalible olfato del presentador estrella de la televisión española le decía que algo iba a pasar esa noche que no estaba escrito en el guion. Al principio, el director de Directo para ti pensaba que lo que tanto le desasosegaba era la manifiesta tensión entre los padres de Mario, los cuales, como suele ocurrir en estos casos inexplicables en los que necesitamos encontrar un culpable, se acusaban mutuamente de haber propiciado la terrible situación que estaban viviendo.

Pero quien, en realidad, le preocupaba en esos momentos era la madre de Bruno. La cantidad de ansiolíticos y calmantes que había consumido esa mujer en los últimos días podría tumbar a un rinoceronte, pero en ella las sustancias narcóticas parecían provocar el efecto contrario. Rosa era una auténtica bomba de relojería que se podía activar en cualquier momento durante la retransmisión, con resultados inesperados.

A Lisandro esa amenaza le angustiaba porque era algo que se salía del plan trazado con tiralíneas. No concebía realizar uno de sus famosos y aclamados especiales sin una exhaustiva planificación hasta el último detalle. Pero, por otro lado, también le excitaba la posibilidad de tener que reconducir en éxito una situación fuera de control, como la que prometía provocar esa mujer henchida de química y dolor.

Algo en su interior le decía que Buscando a Bruno y Mario podía ser el gran éxito de su vida profesional. Por fin, obtendría el mérito que tanto creía merecer.

Quedaban menos de veinte minutos para entrar en antena. Todos estaban ya maquillados y preparados en los lugares que iban a ocupar en la escena. El regidor repasaba por última vez el orden de intervenciones e intentaba transmitir a los familiares la confianza que a él le faltaba.

Lisandro observaba desde su esquina a los protagonistas del programa.

Allí estaban todos, nerviosos y angustiados a partes iguales:

Luis, el padre de Mario, serio y con gesto circunspecto. Se notaba que no estaba cómodo en aquel lugar, aunque en un pasado reciente este hubiera sido su hogar.

Carmen, exmujer de Luis y madre de Mario, había sido la cara visible de las dos familias desde el principio. Siempre había dado la impresión de sentirse a gusto con las cámaras. Había reclamado, en todo momento, con cada gesto, con cada frase, su papel de portavoz.

Silvia, hija de Luis y Carmen, hermana de Mario, siempre cerca de su madre, una preadolescente que aparentaba más edad de la que en realidad tenía. Con ella quedaba cubierta una cuota importante de público, el juvenil, que vería en ella alguien con quien sentirse identificado.

Fernando, padre de Bruno, taciturno y esquivo con los periodistas, empezaba a cuestionar el liderazgo de Carmen, presionado por sus hermanos y cuñadas, aunque él prefería evitar la confrontación entre las dos familias.

Rosa, mujer de Fernando, madre de Bruno. La conveniencia de su asistencia esta noche había sido objeto de debate hasta el último momento.

«Dos minutos para estar en directo»; el regidor recorría frenético el salón repitiendo la consigna. Lisandro se aclaró la garganta, comprobó el impecable nudo de su corbata y se dirigió parsimonioso hacia el lugar reservado para él. El juego comenzaba.

—Buenas noches. No queríamos estar en este lugar en el que estamos ahora, pero el destino nos ha traído hasta aquí. Un destino que ha destrozado a dos familias que esta noche nos van a relatar los terribles momentos que están viviendo. Insisto, este es el programa que nunca nos gustaría haber hecho, pero estamos convencidos de que debíamos hacerlo. —Lisandro hablaba tranquilo y decidido, marcando los tiempos y recreándose en las cesuras, sabedor de estar siendo observado desde millones de hogares españoles.

»Hoy estamos en este salón para dar todo nuestro cariño, el de todos los seguidores del programa Directo para ti, el de todos los españoles, a dos familias que están pasando por unos momentos durísimos. Ellos son, como todos ustedes ya saben, los familiares de Mario y Bruno. Los dos chicos que desaparecieron el 14 de agosto de este 2012, y de los que hoy, dos meses después, seguimos sin saber su paradero.

»Podíamos haber hecho este programa especial en nuestro plató habitual, en el set desde el que llegamos a ustedes cada viernes, pero hemos creído necesario acercarnos hasta este barrio a las afueras de Alcorcón para que nuestros televidentes conocieran de primera mano cómo son y de qué forma están viviendo este drama.

»Ese, y no otro, ha sido el objetivo de este programa especial. Lo digo por aquellos que siempre quieren ver fantasmas donde no los hay —mientras hablaba, Lisandro se había acercado a las sillas que ocupaban las familias, se había situado detrás de Carmen y había posado sus manos en los hombros de la madre de Mario—. Hemos venido hasta aquí con el corazón en la mano para transmitirles a estas personas que tanto están sufriendo nuestra más sincera solidaridad.

»Ahora es el momento de concederles a ellos todo el protagonismo, pero antes daremos paso a la publicidad. Después les contaremos todos los detalles de este terrible caso de desaparición.

Durante los diez minutos de publicidad, Lisandro tomó asiento y repasó cuidadosamente las preguntas en su tarjetero. Lanzaba miradas tranquilizadoras a los familiares y cambiaba las últimas impresiones con los dos colaboradores que había decidido traerse a Alcorcón. Esther Campillo tenía como gran activo su capacidad para lograr empatizar con los que sufren, cualidad que la convertía en indispensable esta noche. En el otro extremo, dando la réplica, estaba Concha Arnedo. Implacable, capaz de sembrar la cizaña entre las personas mejor avenidas de este mundo. Ella sería la encargada de mostrar el punto de disensión y añadir la provocación necesaria para que se hablase durante horas del programa en las redes sociales.

Ya fuera en Twitter, Facebook, la cafetería de la esquina o la oficina, Meneses sabía muy bien de qué le gustaba a la gente hablar: de televisión. Y concretamente, de la peor televisión. Cuanto más sórdida y escabrosa, más comentarios y más conversaciones. Da igual la condición social o el nivel cultural de las personas; todas, incluso las más dignas, que se escandalizan y piden airadamente la supresión de su programa, forman parte del juego y también, aunque lo nieguen, de la audiencia de Directo para ti. Como solía argumentar Lisandro cuando era atacado por su forma de hacer televisión: «Todos conocemos la audiencia de los documentales de La 2 y las de mis programas; la gente no quiere dormirse frente al televisor». La gente ama las vísceras y Meneses hacía alta cocina con ellas.

Se acababa el tiempo y enseguida estarían de nuevo en el aire. Lisandro guiñó un ojo a Concha y a Esther. Era el momento del vídeo en el que se contaba la historia con todo el dramatismo necesario para preparar el camino a lo que vendría después. Lisandro había insistido en utilizar el Adagio para cuerdas de Barber, «la música del desastre», como le gustaba llamarla. La pieza musical más triste de la historia.

Estos diez minutos resumían quince días de trabajo intenso para elaborar un documento que llegaría al corazón de la gente utilizando todos los artificios y ardides que el equipo del programa tan bien sabía manejar. Cuando acabase su emisión, el terreno estaría abonado para su intervención y las entrevistas a los familiares.

El presentador esperó callado durante medio minuto confiriendo mayor solemnidad, si eso era posible, al intenso momento vivido. Aguantó la mirada clavada en la cámara sin pestañear y entonces retomó su discurso.

—Esta es la historia de Mario y Bruno, la triste historia de dos adolescentes que desaparecieron una noche de verano sembrando el dolor entre sus familias. Desde entonces, seguimos sin ninguna pista clara que pueda aclararnos qué ha sido de ellos. Lo que en un principio parecía una travesura que podía habérseles ido de las manos, una historia de jóvenes que abandonan su hogar en busca de una aventura, se ha convertido en una horrible pesadilla, con muchas posibles hipótesis, pero ninguna cierta hoy en día. —Lisandro paladeaba cada una de las sílabas.

»Es el momento de dar la palabra a los verdaderos protagonistas de esta historia, los familiares de los dos chicos. Luchando con todas sus fuerzas por encontrarlos. Y créanme que lo están haciendo con una fuerza y una entereza como pocas veces he podido comprobar en todos mis años de profesión. Para ellos va este fuerte aplauso que les mandamos desde nuestro programa y desde sus casas seguro que también.

El aplauso sonó extraño por la falta de público, pero mucho más real de lo que solía ser habitual.

—A lo largo de mi carrera me he enfrentado a muchos momentos difíciles, me ha tocado hablar, conversar con personas que han sufrido, pero nunca como hoy me he sentido emocionado y conmovido por la historia de Bruno y Mario, por vuestro sufrimiento. Buenas noches a todos. Mi corazón, creo hablar por todos los españoles que ahora mismo nos están viendo, el corazón de todos nosotros está con ustedes.

Antes de que el presentador terminara la frase, Rosa, la madre de Bruno, dio el primer aviso emitiendo un quejido entrecortado que hizo parar brevemente a Meneses.

—Nuestro público tiene que entender lo difícil que es la situación para estas familias y que habrá momentos en los que la emoción nos obligue a detenernos para que puedan controlar todo el sufrimiento que llevan dentro. Como les decía, hablaremos con todos ellos, pero será Carmen, la madre de Mario, la persona que ha intervenido en las últimas semanas como representante de todos ellos, la primera en mostrarles su testimonio.

»Buenas noches, Carmen.

—Buenas noches —respondió la madre de Mario.

—Quiero agradecerte lo primero, quiero agradecéroslo a todos vosotros, que estéis esta noche con nosotros, porque todos somos muy conscientes de lo duro y lo complicado de vuestra situación.

—Somos nosotros los que os agradecemos a vosotros y a tus compañeros la atención que nos habéis prestado y que estéis hoy aquí.

—Carmen, no hace falta que os guardéis nada, todos sabemos el infierno que estáis viviendo y comprendemos que necesitéis tiempo para contarnos y narrarnos vuestra historia. Ya son más de dos meses desde que vuestros hijos desaparecieron sin dejar rastro, desde aquel fatídico 15 de agosto en el que descubriste que Mario no estaba en su habitación, que tu hijo no había vuelto a casa aquella noche. ¿Qué fue lo primero que pensaste al comprobar que él no estaba en el piso? —preguntó Lisandro a Carmen.

—Al principio, me imaginé que la juerga habría sido larga. Iban a celebrar su cumpleaños y ya se sabe cómo son los chicos ahora y lo tarde que llegan a casa. Además, era verano y festivo. Pero había algo en mi pecho, algo dentro de mí que me decía que…, que algo iba mal… Eran ya las once y habíamos quedado para comer todos juntos, con su hermana y su padre. Mario fue el primero en insistir en esa comida de cumpleaños con todos nosotros. Desde que mi marido y yo nos separamos no habíamos vuelto a estar todos juntos. La tarde anterior, él parecía muy animado con eso y también con ir a celebrarlo con sus amigos. Las semanas previas parecía no tener demasiado interés, pero la víspera estaba especialmente contento porque iba a quedar con ellos.

—Una vez que certificas que no ha llegado todavía y que solo quedan unas horas para que lo hagan su padre y su hermana, ¿qué haces? Un momento en el que, como nos comentas, un sentimiento de angustia te dice que algo no va bien, en el que ese sexto sentido de las madres te alerta de que hay algo que no encaja. ¿Cuál es tu reacción, Carmen?

—Llamar, llamarle al móvil. Pero no me coge.

—Me imagino, Carmen, que, como cualquier chico de su edad, Mario nunca saldría de fiesta sin él.

—No, claro que no. Él siempre lo lleva encima y si llega tarde o pasa cualquier cosa, me avisa. Yo siempre le digo que para esas llamadas siempre hay dinero, para las otras bobadas de Internet y esas cosas, no, pero para tener saldo para llamarme él sabe que sí.

—Le llamas, pero no hay respuesta. ¿Cuál fue el siguiente paso?

—Seguí intentándolo, pero me decía todo el tiempo que estaba apagado. Cada vez estaba más nerviosa, sabía que algo malo podía estar pasando. Después de intentarlo muchas veces, decidí hablar con los padres de Bruno para ver si él había ido a dormir y si sabía algo de Mario. Me cogió Rosa y me dijo que Bruno tampoco había vuelto.

—Sé que es difícil intentar ponerme en tu lugar, pero me imagino que es entonces cuando de verdad, ya no es solo la intuición de una madre, en ese momento tomas conciencia de que algo malo puede haberles pasado. Empieza entonces una historia que compartís las dos familias, un duro trago que os ha unido en la búsqueda de vuestros seres querido.

»Tomémonos un momento de respiro, vayamos a publicidad, y a la vuelta, seguiremos conociendo cómo fue ese trágico día en el que descubristeis que vuestros hijos habían desaparecido —dijo Lisandro, intentando temporizar la emoción del momento.

 

Después de los anuncios, la cámara volvió a mostrar un primer plano de Lisandro, quien pausadamente retomó el hilo de la narración.

—Carmen y Rosa descubren tras su conversación que ninguno de los dos chicos ha vuelto a casa. La madre de Mario, lejos de tranquilizarse con este descubrimiento, en vez de pensar que los dos muchachos han prolongado la noche más allá de lo recomendable, comienza a vislumbrar que algo no va bien. ¿No es así, Carmen? ¿Qué piensas cuando cuelgas el teléfono? —preguntó Lisandro volviendo la cabeza hacia la madre de Mario.

—Que algo malo había ocurrido —Carmen tiene que parar durante unos segundos con un gesto de dolor contenido, tratando de retener las lágrimas que empezaban a correr por su rostro—, que algo malo había pasado para que no hubiesen vuelto. Como te decía antes, Mario siempre me avisa si llega más tarde y siempre me contesta al teléfono. Yo… —la voz se le volvía a entrecortar.

—Continúa, Carmen, tomate el tiempo que necesites.

—Yo tuve entonces el presentimiento de que no iba a volver a ver nunca a mi niño. —La mujer comenzó entonces a llorar de forma desconsolada, mientras la madre de Bruno acompañaba los sollozos de su compañera gritando de forma agónica: «¿Dónde está mi Bruno?».

 

El dramatismo de la situación era demasiado, incluso para Lisandro, tornando por momentos en lo grotesco y lo paródico. Lisandro retomó el pulso del programa dirigiéndose primero al público y luego a un nuevo interlocutor, el padre de Mario, Luis.

—No hace falta que les digamos lo duro que está siendo todo esto para las familias de Bruno y Mario. Seguimos aquí en directo porque entendemos que es crucial que su testimonio sea escuchado y difundido. Agradezco sobre todo a estas dos madres su coraje para estar hoy aquí. Todos nosotros entendemos perfectamente estos momentos de flaqueza al relatarnos su sufrimiento. Mientras Carmen toma aire y consigue recuperarse, vamos a pasar hablar con Luis, el padre de Mario. Hola, Luis, muchas gracias por estar aquí con nosotros.

—Gracias a vosotros por preocuparos y ayudarnos a buscar a nuestros hijos.

—Recapitulemos: ese día tú ibas a venir a comer aquí, a casa de Carmen, tu antiguo hogar hasta la separación, con Sandra, que había dormido en tu piso la noche anterior, para celebrar el cumpleaños de tu hijo mayor. Para ti era un momento de alegría, imagino, después de lo que supone un divorcio, volver a estar todos juntos de nuevo. En un segundo, toda esa emoción se desvanece cuando Carmen te informa de la desaparición de Mario. ¿Cómo fue ese momento? ¿Qué sentiste al enterarte de la noticia?

—Como ha dicho Carmen, Mario siempre ha sido muy responsable, incluso cuando iba a volver más tarde de lo pactado, procuraba avisarnos con un mensaje o una llamada de teléfono. Lo primero que siento al enterarme es incredulidad por lo que te he comentado y porque era su cumpleaños. Llevaba varios días insistiendo para que comiéramos todos juntos. El domingo anterior me llamó y me pidió que viniese. Las cosas no iban demasiado bien después de la separación, pero le dije que me lo pensaría por él y por su hermana.

—Y al final decidiste asistir a la celebración.

—Sí. Hasta me dijo que iba a comprar una botella de mi vino preferido para celebrar sus dieciséis años y había encargado una tarta —una tibia sonrisa asomó por su rostro—. Nos dijeron en la pastelería que había quedado con ellos en que se pasaría a eso de las doce a recogerla. Eran muchas las cosas que no cuadraban y por eso desde un principio pensamos que no se trataba de alguna chiquillada —dijo mientras un serio rictus volvía a apoderarse de su cara.

—¿Cuándo acudís a la policía?

—Esa misma tarde. Volvimos a llamar a Rosa y a Fernando, y al no tener ellos tampoco noticias de Bruno, acordamos ir juntos a la comisaría.

—Me imaginó que la policía, como en todos los casos de desaparición de menores, os tranquilizaría comentando que muy posiblemente fuera una juerga que no habían sabido terminar o, como tú decías, simplemente una chiquillada.

—Sí. Claro… ¿puedo decir una cosa? Quiero agradecer en nombre de todos nosotros —Fernando y Rosa asentían con la cabeza— el comportamiento de los policías y guardias civiles que han trabajado en el caso. En un principio, nos dijeron que esperásemos, que, seguramente, sería cuestión de horas que los chicos volvieran.

—¿En qué momento la policía cambia de opinión y os comunica que hay que pensar en otras posibilidades para explicar su desaparición?

—El fin de semana; el sábado estuvieron en casa otra vez, nos habían interrogado a todos el día anterior, para volver a preguntarnos las mismas cosas: la ropa que llevaban, si tenían problemas en el instituto, en casa, si tomaban drogas… Y es entonces cuando nos comentan que debemos estar preparados por si la situación se alarga.

—Desgraciadamente, la situación se ha alargado ya dos meses. Durante este tiempo, ¿cuántas posibles vías de investigación se han seguido, cuántas pistas que creías verdaderas han sido descartadas?

—Muchas. Hemos pensado y nos han comentado diversas posibilidades, pero de momento ninguna es cierta. Nos han llamado desde Canadá, Portugal, Benidorm o Lugo. Cientos de llamadas diciendo que los habían visto en Vallecas, Valladolid y Lisboa, pero seguimos igual que al principio.

Justo en el momento en que el padre de Mario terminaba de articular su última palabra, un aullido agónico recorrió el improvisado plató de televisión y heló el alma de los que allí estaban y las de los que seguían el programa por televisión. «Queremos que vuelvan, queremos que vuelvan» ese era el estremecedor grito que salía del pecho de Rosa mientras se desplomaba al suelo entre los fallidos intentos de su marido por evitarlo. Un primer plano recogía la dramática escena hasta que Lisandro se volvió a su cámara para solicitar la publicidad. La escena era perfecta para este primer especial, pero no había que seguir tentando a la suerte.

 

Después de quince minutos de anuncios publicitarios y múltiples avances de los próximos programas de la cadena, el especial sobre la desaparición de los dos chicos regresó a los televisores de los más de diez millones de españoles que lo estaban siguiendo en directo. Aunque un cuarto de hora después había un invitado menos: la madre de Bruno, que había sido evacuada por personal del programa que había actuado de improvisado equipo de urgencias.

Lisandro respiraba aliviado con la pérdida de tan incómoda invitada, y satisfecho por la gran expectación que suponía habría generado su intervención entre la audiencia. «Queremos que vuelvan», la frase le había parecido tan genial que había decidido que deberían incorporarla como título de los siguientes programas especiales. Para afianzar el nuevo nombre, se había encargado de publicar desde la cuenta del programa, y desde la suya propia, un tuit incluyendo el hashtag #QueremosQueVuelvan.

De vuelta a la realidad, era el momento de ceder el protagonismo a sus colaboradores, sin perder de vista nuevas intervenciones de Carmen, ya recuperada, y también de Luis, quien le había sorprendido por su soltura ante las cámaras.

—Como han podido comprobar desde sus casas, la emoción y la tensión que hoy se está viviendo aquí nos está superando a todos. Ha sido imposible que Rosa siguiera con nosotros esta noche. Todos deseamos que se recupere pronto en su domicilio, al que se ha trasladado después del ataque de pánico que ha sufrido. Conforme vayamos conociendo más noticias sobre su estado de salud, se lo iremos comunicando.

Lisandro exhibió su mejor sonrisa y se dirigió a los sillones donde le esperaban sentadas Esther Campillo y Concha Arnedo.

—No es necesario que les presente a estas dos mujeres que están hoy aquí para ayudarnos a esclarecer las dudas en torno a este misterioso caso y que van a intentar arrojar algo de luz en este escabroso asunto que nos ocupa.

—Hola, Esther, ¿cómo estás? ¿Qué datos nos puedes aportar esta noche?

—Hola, Lisandro. Lo primero, quisiera mandar un gran mensaje de apoyo a estas dos familias que tanto están sufriendo.

—¿Qué nos puedes contar de estas personas con las que has convivido en las últimas semanas? Les recordamos a nuestros seguidores que, desde finales del mes pasado, Esther Campillo ha tenido relación directa con ambas familias, compartiendo su dolor y elaborando el estupendo reportaje con el que hemos arrancado esta noche.

—Muchas gracias, Lisandro. Han sido muchas horas las que hemos pasado juntos, y aunque me hubiese gustado que las circunstancias fueran otras, ha sido todo un privilegio poder conocerlos a todos ellos y comprobar su decisión, arrojo y fuerza de voluntad para que el caso no quedara en la sombra y consiguiese llegar a los hogares de toda España y, por fin, se empezasen a realizar los esfuerzos necesarios para encontrar a Bruno y a Mario.

—Hemos escuchado esta noche palabras de agradecimiento para las fuerzas policiales, pero veo que tú tienes una visión muy distinta sobre cómo se ha organizado la búsqueda y los activos empleados en ella.

—Cuando en dos meses no hay una sola pista verdadera, cuando después de casi sesenta días de su desaparición no hay una línea de investigación definida, eso quiere decir que alguien está fallando. Para eso estamos nosotros aquí, para hablar sin el sesgo emocional que tienen estas personas que tanto están sufriendo.

—¿Qué ha fallado entonces en la investigación?

—Pues, básicamente, todo. La desidia del principio, el error inicial al afirmar en todo momento que se trataba de una chiquillada, todo esto hizo que se pasara el mes de agosto sin hacer nada. Todos sabemos que las primeras horas, los primeros días en un suceso de desaparición son fundamentales, sobre todo, cuando existe la fundada sospecha de un secuestro.

—Perdona que te interrumpa, Esther. Lo que estás diciendo es muy fuerte, y más aún delante de sus familias; ¿pueden Bruno y Mario haber sido víctimas de un secuestro?

—Sí —contestó categórica Esther Campillo mirando a la cámara, con un monosílabo eterno y rotundo que provocó el silencio más gélido en el salón de los padres de Mario y en el de todos los telespectadores.

—Esa es una afirmación muy dura. ¿En qué te basas para llegar a esa conclusión?

—No es una teoría mía, ni de la redacción del programa. Fuentes policiales nos han confirmado que desde hace una semana esa es la tesis que cobra más fuerza en estos momentos. Podemos afirmar, Lisandro, que la investigación toma otra dimensión desde el momento en que se anuncia el programa especial de esta noche.

—¿Qué pistas se están siguiendo? ¿Quién o quiénes pueden ser los secuestradores de los dos adolescentes?

—Como te puedes imaginar, desde que se anunció este especial, la cautela y el mutismo han sido las tónicas dominantes en las comunicaciones de la policía. No obstante, nuestros reporteros han conseguido averiguar que todos los esfuerzos estarían centrados en localizar el misterioso Hyundai rojo que aparece detrás de los chicos en la última foto que subieron al Tuenti. Y es que, según hemos podido saber, habría varios testigos que afirman haber visto subir a Bruno y a Mario en ese coche.

—¿Sería esa la última vez que se les vio antes de su desaparición?

—Sí. Hasta ahora todos los testimonios apuntaban a haberlos visto andando por la carretera, andando de regreso a Alcorcón. Pero según las últimas informaciones, los dos jóvenes se habrían subido al Hyundai a la salida de la discoteca.

—La intensidad de este programa está haciéndonos pasar momentos muy difíciles como pueden adivinar en los rostros de nuestros invitados. Luis —inquirió Lisandro al padre de Mario con un teatral giro de cabeza—, ¿estabais vosotros al tanto de esta noticia?

—No —contestó el padre de Mario, perplejo por los últimos comentarios—. No teníamos ni idea.

—Esperanzados por este vuelco que da la investigación con estas revelaciones y conscientes de que por fin podemos estar llegando a algo, me gustaría dar paso a nuestra última invitada, la colaboradora Concha Arnedo. Llegamos a un momento duro, vamos a hablar de cosas que pueden incomodar y molestar a las familias, pero es necesario que sepamos quiénes son Bruno y Mario, y en esta ardua labor nos va a ayudar Concha. Hola, Concha. Bienvenida.

—Muchas gracias, Lisandro —contestó Concha; su cara regordeta lucía una espléndida sonrisa, encantada con el sucio rol que le iba a tocar encarnar.

—Hasta ahora hemos conocido a los dos chicos, Bruno y Mario, por boca de sus familiares. Pero ¿cómo son en realidad? ¿A qué se dedican? ¿Hay algo oscuro que no sepamos de ellos y pueda tener relación con su desaparición?

—Lo que sabemos de ellos es lo que nos han contado: que son dos adolescentes como cualesquiera de su edad, amantes de los coches, el fútbol y no muy buenos estudiantes. Aunque en el caso de Mario, eso parecía estar cambiando, y por lo que nos ha comentado una amiga muy especial, tenía intención de hacer una carrera universitaria. Este es un punto que había causado bastante malestar entre ellos. Bruno había dejado ya los estudios de forma casi oficial para dedicarse a otros asuntos, y Mario no estaba dispuesto a seguir el mismo camino.

—¿Qué asuntos son esos, Concha?

—Asuntos… —Concha dudó durante unos instantes antes de soltar la bomba—, asuntos de drogas. Había sido fichado en dos ocasiones por posesión, y por lo que he podido saber la policía municipal le estaba siguiendo la pista al estar relacionado con la venta de hachís, pastillas y cristal en el instituto en el que estudiaba.

—Sé que esta revelación está siendo especialmente dura para Fernando, quien ha visto como su mujer ha tenido que abandonar el programa visiblemente traumatizada, pero debo formularle esta pregunta: Fernando, ¿sabías algo de los negocios en los que estaba involucrado vuestro hijo?

—Sabíamos que andaba metido en algo malo. Desde que yo perdí el trabajo —comentó lastimoso Fernando, como queriendo excusarse por haberse quedado en el paro y haber sido la causa de los líos en que su hijo andaba metido— todo fue de mal en peor. La policía nos dijo lo de las drogas, pero Rosa… Rosa no quería oír nada al respecto y en casa nunca hablábamos de ello. Alguno de los antiguos compañeros de la fábrica me había advertido de los nuevos amigos de Bruno. Mala gente. Por eso, cuando vi a Mario en casa hace una semana, me puse muy contento, hacía mucho que no los veía juntos. Mario siempre fue un gran chico. —Las lágrimas empezaban a surcar el ajado rostro de Fernando. Lisandro hizo gestos al realizador para que aguantara un poco más el plano. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Solo quedaba el epílogo para despedir el programa.

—Concha, ¿puede haber tenido algo que ver la droga en la desaparición de Bruno y Mario?

—Como nos ha comentado mi compañera Esther, la pista del Hyundai rojo es la más sólida, y sí, la policía piensa que puede tener relación con el tráfico de drogas.

Uno a uno, fueron desfilando por la pantalla los rostros cariacontecidos de los familiares de los chicos. Lo que se preveía un melodramática jornada de apoyo a su sufrimiento se había convertido en una inesperada crónica de la vida privada de los muchachos, que ante muchos ojos pasaban ahora de inocentes víctimas a culpables de delitos por aclarar.

El cenit emocional ya no podía dar más de sí, y convencido de ello Lisandro decidió cerrar este primer programa, emplazando a los desconcertados familiares, colaboradores y espectadores al programa especial que tendría lugar en siete días, no sin antes recordar que el viernes también habría una interesante entrevista en el Directo para ti de los viernes, animando al público a comentar en las redes sociales.


 

Cuando se despertó un haz de luz le cegó, devolviéndole a la oscuridad de la que creía que ya nunca saldría. Las costras de sangre, las lágrimas resecas y la intensa claridad del amanecer le impedían conseguir que sus doloridos párpados se mantuvieran abiertos más de tres segundos.

Intentó tomar aire, pero, al hacerlo, una fuerte tos le hizo escupir unos sanguinolentos espumarajos que no consiguió expulsar de su boca y volvieron a caer por su abrasada laringe. No sabía a ciencia cierta cuántas costillas debía tener rotas, pero debían de ser muchas a tenor del insoportable dolor que le atenazaba el pecho.

Después de varios minutos, consiguió encontrar una posición en la que el dolor no era tan insoportable. Relajó las piernas y depositó todo el peso de su maltrecho cuerpo en las caderas, acomodando la cabeza entre las manos atadas al frío hierro que pendía sobre ella. Tras varios intentos fallidos, consiguió abrir los ojos y mantenerlos así para comprobar que lo que había pasado no era un sueño y que las bestias seguían allí, observándolo en silencio, dispuestos a terminar con él en cualquier momento.

Volvió a cerrarlos e intentó soñar con algo bonito, traer a su mente alegres recuerdos que le permitiesen huir de ese lugar.

Queremos que vuelvan está disponible en las librerías de Burgos y en Amazon.

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